Desde el corazón de una sirena…
¡Hola mis queridos lectores! Hace tiempo que no les cuento algo que sea de mí, hace un rato me entró la inspiración y escribí este post, es sobre mí, sobre el amor y sobre la música. Espero que les guste, dejen comentarios y críticas.
Mi nombre es Itzel, es un nombre Maya, significa Lucero del atardecer. En las tardes mágicas de mi niñez me gustaba salir a la terraza de casa para ver el atardecer, contaba una a una las primeras estrellas, intentaba adivinar su nombre con un atlas de astronomía regalo de mis papás.
Un día dejé de ser una niña, pero seguí amando ver las estrellas al final del día, en las tardes después de la escuela volvía a la terraza, intentaba memorizar todos los matices de luz en las nubes del atardecer, buscaba la luz de Venus, sentía el viento, la lluvia de verano, el calor de la primavera, las explosiones de color los cielos de otoño. Entonces descubrí la melancolía, vi a los pájaros de mi isla volar hacia los árboles del parque central para dormir. Comencé a preguntarme ¿Y qué pasará cuando algún día no vuelen más las aves? ¿Cuándo pierdan su refugio y solo queden arboles derrumbados? ¿Algún día dejaré de ver las estrellas y el atardecer sola?
Hace unos años salí a la terraza a contarle al viento que había besado por primera vez al amor de mi vida, yo tenía 16 años. Tomé mi discman, escuché una y otra vez The Dolphin’s cry de Live, moví mi cabeza sacudiendo mi cabello queriendo estar en un gran concierto muy lejos de aquella terraza celebrando ese primer beso. Escuché susurros del viento en mi oído diciendo que el amor nos llevaría, así como en la canción. El amor de mi vida a los 16 años rompió mi corazón, era de noche cuando llegué a casa, salí a la terraza y subí al techo a cantar que quería salir de la ciudad, comenzar de cero, con City de Nathalie Imbruglia, también lloraba y le pedía al viento que me consolara.
Desde entonces pasé muchas horas escuchando canciones, atesorando las que cantaban un pedazo de mi vida, y que en sus melodías sentía reflejados mis anhelos, nostalgias, esperanzas y otras tantas cursilerías del amor joven.
Entonces descubrí la euforia, esa que da al bailar con los amigos, esa de adolescente despreocupado, cuando cada noche es una aventura, y todas tienen una canción como emblema. Las coleccioné todas para ponerlas en CDs y escucharlas en el coche, las canté manejando por la playa con mis amigos, las canté sola mientras me arreglaba para salir, las bailamos, sentimos, nos desvivimos, nos besamos.
Tuve una colección secreta de canciones para dedicar a mi hombre ideal, porque hubo un momento en el que me cansé de bailar sola, de ver el atardecer sola, de manejar y no tenerlo a mi lado cantando la otra mitad de las canciones. Así un día estudiando mientras escuchábamos La Nueva Amor “solo música romántica”, un chico me enamoró cantándome una canción de Ricardo Montaner. Llegué a amarlo con toda mi alma, compartimos canciones al besarnos, al caminar, cantamos canciones en el coche camino a la escuela, grabamos discos y compartimos carpetas de música con los nombres de ambos. Tres años después nos dimos cuenta de la larga lista de canciones miserables que comenzamos a dedicarnos, ya no había esperanza para nosotros, decidimos borrar las carpetas, regresarnos los discos prestados, yo resolví no volver a escuchar ninguna de las canciones que habíamos compartido, era cerca de navidad, corrí a una tienda de discos a abastecerme de toda clase de música nueva para olvidarlo. The Strokes, The Killers y Queens of the Stone Age, sustituyeron a Edgar Oceransky, Ricardo Montaner, Carla Bruni, Los dos volúmenes del soundtrack de Kill Bill y todas las otras románticas canciones de La Nueva Amor.
Viví por dos años en pedazos, hasta el día en el que me resigné a que no habría otra manera de existir, lo extrañaría por siempre. No sé cómo pero poco a poco la música que compartí con él dejó de dolerme y volví a escucharla toda, dejé de huirle al recuerdo para hacerlo parte de lo que soy.
Una y otra vez acumulo música para el amor de mi vida, a veces lo encuentro y cuando estamos juntos se la comparto, otras veces no tenemos los mismos gustos musicales y él me comparte la suya. La mayoría de las veces llegamos al punto medio del pop, luego se nos acaba el tiempo juntos y vuelvo a borrar las carpetas de música compartida, las listas de reproducción en Youtube, los Playlist en iTunes, 8tracks y las destacadas en Spotify.
El tiempo pasa y yo sigo preguntándome cuando se terminará, si algún día encontraré un amor con el que solo acumularé música sin tener que borrar carpetas cuando tengamos que separarnos. Quiero tener una colección de música enorme en mi iPod de 120 GB, para los domingos por la mañana mientras hago Hot Cakes para el desayuno ponerlo en aleatorio y que cada canción nos traiga buenos recuerdos, de tan lejos como nuestro primer beso, o la música que teníamos de fondo la última vez que hicimos el amor.
Espero les haya gustado, como siempre fue escrito desde lo más profundo y sincero de mi corazón.
Hasta la próxima.